La noche cae deprisa sobre la plaza que se ve desde la ventana.
De nuevo unas notas musicales llenan unas horas vacías que nunca escogió,
convirtiendo los acordes en la banda sonora de un estado de ánimo
que adormece el llanto y silencia el paladar en deseo de una tregua.
El neón arroja matices emfermizos sobre el agua de la fuente que nunca estuvo limpia
y que sueña todavía con la escarcha y con la nieve que esta vez no vió caer
y el ladrido de un perro se rompe en mitad del laberinto de esquinas de ladrillo.
No hace frío.
No hace frío y sin embargo
querría acariciar el azul, aunque sólo fuera con los dedos.
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