Levanta la vista al salir del trabajo y se dibuja una nube cuando mira al cielo. Gris, como el asfalto, como una mancha de tinta difuminándose en el agua. Parece que el mundo gira más despacio cuando camina hacia el metro, pasando por calles anchas y vacías, como cemeterios de ladrillo. Sus manos juegan a rasgar el pantalón en busca de unos acordes que resuenan sólo en los auriculares y cada pestañeo se convierte en un frame, un recuerdo efímero, un latido. El viento arrecia, o eso le parece, cuando se acuerda de ella y siente que tiene escarcha sobre el pecho, y más adentro. Un semáforo parpadea, pero solo él cruza la calle mientras un latido se acuerda de otros ojos, no los de ella, y una sonrisa que parece curvarse como un interrogante al filo de la vista. Ya no hace tanto frío, piensa, queriendo sonreir.
Un acorde bajando las escaleras del metro.
Una nota
Un latido.
Una lágrima de lluvia.
O tal vez si
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